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Personajes con historia - Hernando de Soto

El mejor de los jinetes que cabalgó por las Indias


El 8 de mayo de 1540, las tropas de Hernando de Soto llegaron a orillas del caudaloso Misisipi, siendo los primeros blancos en verlo

Antonio Pérez Henares - 31/05/2021

El día 15 de noviembre de 1532, el quiteño Atahualpa se encontraba en los Baños del Inca, cuyas aguas termales gustaba frecuentar, rodeado de un gran ejército de 80.000 hombres entre los que se encontraba su tropa de élite, la Guardia Imperial compuesta por 8.000 guerreros y sus dos grandes generales, Quisquis y Rumiñahui. Los Baños se encuentran en la falda de la montaña desde la cual se divisaba la ciudad de Cajamarca, a la que muy poco antes había llegado una tropilla de barbudos invasores. Eran tan solo 166 hombres, con metálicas armaduras y algunos montados en una bestias, «llamas con herraduras de plata» le habían descrito sus espías, que llevaban un tiempo merodeando por sus dominios y a los que ahora había llegado el momento de hacer desaparecer.
Porque aquel día había sido de júbilo pues, al fin, ya podía considerarse en verdad el Inca, ya que habían llegado emisarios anunciándole que sus tropas no solo habían derrotado por completo a su hermano Huascar y tomado Cuzco sino que lo habían hecho prisionero con toda su familia y se encontraba a su merced. Aquel día, rememoraría no mucho más tarde Atahualpa, fue el más resplandeciente de su vida, el colofón de su larga lucha por el trono del Tahuantisuyu que dominaba tribus y viejos reinos desde las costas del sur de Chile hasta las faldas del Cotopaxi, y el preludio de su mayor y definitiva desgracia.
Aquella misma tarde, celebrando su triunfo, fue avisado de que una pequeña tropa montada en aquellos extraños animales venían de Cajamarca hacia allí y decidió recibirlos. Venía al frente en un brioso corcel un hombre que, al contrario de los otros, no se cubría la cabeza con un casco sino con tan solo un pañuelo cuya punta se agita con el viento. El Inca estaba sentado con su Guardia Imperial por delante, imponentes e inmóviles como estatuas, cuando el jinete que se aproxima a paso lento hizo que su corcel avanzara de pronto hacía él con un impulso repentino que el hombre luego refrenó parándolo en seco. Algunos de los soldados de la escolta, aunque no movieron los pies, sí hicieron un pequeño gesto de susto con la cabeza. Atahualpa no se inmutó.
Tras ello, se estableció un parlamento en el que se acordó que al otro día él bajaría hacia Cajarmarca a parlamentar con aquellos barbudos. El Inca tenía curiosidad por conocerlos antes de hacerlos matar.
El jinete con sus acompañantes regresó hacia Cajamarca. Se llamaba Hernando de Soto y era el mejor caballista de toda la hueste de Pizarro y de todos los que por las Indias habían cabalgado. El Inca, en cuanto los castellanos partieron, dio orden de ejecutar a todos los de su guardia que habían dado aquel pequeño respingo de temor.
La historia de lo que aquella noche y al día siguiente aconteció nos la contó en el verano de 2001, al periodista José Luis Regueira, uno de los miembros de la redacción fundacional de El País, autor años más tarde de la novela sobre Soto, Las huellas del conquistador. y a mí, ambos expedicionarios de la Ruta Quetzal, el gran catedrático e historiador peruano José María del Busto, considerado la máxima autoridad mundial sobre el conquistador Francisco Pizarro. Lo hizo mientras recorríamos la plaza de Cajamarca, cuya fábrica perimetral se mantiene idéntica a como era, escenario de la batalla, la terrible masacre y la prisión de Atahualpa.
El Inca bajó, dejando a su gran ejército atrás, con tan solo los 8.000 hombres de su guardia. No consideraba necesario nada más contra aquel puñado de barbudos. Llegó en lo alto de su palanquín, se acercó a él un extraño hombre, que le dijo extrañas y ofensivas palabras, y le ofreció un objeto que intentó abrir como él había hecho y no pudo, por lo que lo arrojó con desprecio al suelo. Atahualpa no había visto nunca a un fraile, lo que le tradujeron era blasfemia contra sus dioses y lo que le ofreció era un libro, La Biblia, que él intentó abrir por el canto.
Fue su gesto lo que precipitó la señal de ataque que los españoles tenían dispuesto de antemano como medida desesperada, pues se sabían condenados si no conseguían lo único que podía salvarlos: apresar al Inca. Tres pequeños escuadrones de caballería, el uno el de Hernando de Soto, el otro el de Sebastián de Benalcázar y el del hermanastro mayor de Pizarro, Hernando se lanzaron a galope contra la masa buscando hacer caer al hombre-dios, al Sol, del palanquín seguidos de la infantería.
Lo que sucedió después no es explicable. El emperador cayó de su pedestal, el pánico irrefrenable se apoderó de los quechuas, la degollina fue tremenda y toda la hueste huyó hacia los baños del Inca hasta donde los persiguió Soto. Los generales de Atahualpa, sabedores de la prisión de su señor, levantaron el campo y huyeron también. Entre los españoles solo hubo dos heridos. Uno, el propio Francisco Pizarro, que combatía a pie, de una cuchillada de uno de sus propios soldados, al proteger al Inca con su rodela para que no sufriera daño alguno. El otro, fue su hermano Hernando, quien torpemente se golpeó en la arrancada la cabeza contra la visera del galpón y, como se guaseaba luego Soto, «se perdió todo el combate». Los dos Hernando no se llevaban, y aún se llevaron luego peor, para nada bien.
Cajamarca fue decisiva y es bien conocida su conclusión: la conquista de todo el imperio Inca, otras cosas no lo son tanto. Hernando de Soto frecuentó a Atahualpa en su prisión llegando a amigar con él. Quizás esa fuera la causa de que los Pizarro le enviaran junto con Benalcázar hacía Quito tras las tropas de Rumiñahui, y así poder cumplir sin trabas con su designio de ajusticiar al Inca poniendo como excusa que él había mandado asesinar a su hermano Huascar.
Cuando Soto retornó todo se había consumado. Camino a la capital de imperio, Cuzco y tras combates de diversa fortuna para él, finalmente y con la ayuda de Almagro, logró su conquista. Fue entonces cuando intentó mediar en la creciente hostilidad que acabaría en guerra entre los Pizarro y los de Almagro. Infructuosamente. Primero, perecería el segundo y, más tarde, sus partidarios acabarían asesinando a Pizarro. Hernando de Soto, para entonces, había ya regresado a España, inmensamente rico con 100.000 pesos de oro, su parte en el fabuloso botín de la conquista del imperio Inca.
Fue recibido como un héroe, se afincó en Sevilla y allí se casó con Inés de Bobadilla, hija del duro y cruel gobernador de Panamá, Pedrarías Dávila, el que hizo decapitar al descubridor del Pacífico Vasco Núñez de Balboa, y a cuyas órdenes había estado de joven.
Porque aquella expedición con Pizarro no había sido su primera aventura. El gran jinete extremeño, de Jerez de los Caballeros, aunque otros afirman que de la vecina Barcarrota, nació (1500) de familia hidalga, pero pobre y con muchos hermanos, por lo que probó suerte con tan solo 14 años y llegó con tan solo su espada y su escudo como toda pertenencia a Panamá, al servicio del citado Perarias. Diez años después, ya era capitán de una unidad de caballería y había explorado tierras de Nicaragua y Honduras. Ya era muy renombrado como jinete y buen estratega y fue decisivo en la consolidación del poder del Gobernador a cuyas órdenes estaba también Francisco Pizarro. Este ya veterano, había cumplido los 60 y combatido tanto en Italia como en las indias junto a Alonso de Ojeda y el propio Vasco Nuñez de Balboa, a quien se le ordenó prender, no tuvo que hacer apenas nada para convencerle que marchara hacía el Perú con él, con puesto de segundo y grado de capitán. Con Pizarro había alcanzado la fama y la fortuna, pero Hernando de Soto quería, además, buscar la propia y comandar él una hazaña al menos similar.
Por ello, en 1539 volvió a embarcarse de nuevo para cruzar otra vez el Atlántico. Su destino era la Tierra Florida de la que había regresado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, superviviente tras la desastrosa expedición de Pánfilo de Narváez, y protagonista junto con solo otros tres más de la prodigiosa odisea de atravesar América desde Florida a California, de mar a mar. Soto había leído su libro Naufragios y le propuso unirse a él. Pero Cabeza de Vaca declinó su invitación y marchó por su cuenta hacia el Mar de la Plata donde descubriría las cataratas de Iguazú. Con Hernando de Soto fueron hacia la Florida cerca de 700 hombres, entre los que se contaban 24 sacerdotes, y su líder se cuidó mucho de que con ellos llevaran una impresionante tropa de 220 magníficos caballos.
Su larga incursión por la Florida encontró gran dificultad desde el comienzo, atravesando pantanales y luchando de continuo con los temibles flecheros de aquella floresta que ya habían combatido con éxito a la hueste de Narváez. Pero Hernando era un gran líder y su genio para el combate y su trato a los indígenas le granjeó pronto su admiración. Sus hombres tenían severas penas si los maltrataban o abusaban de sus mujeres y contó con la ayuda de un español, Juan Ortiz, que había sido prisionero de ellos largos años al ser capturado cuando llegó en busca de la desdichada expedición anterior. Este, capturado y torturado, iba a ser quemado vivo cuando la hija del cacique suplicó por su vida y se lo quedó para ella. Ortiz, cuando llegó la hueste de Soto se unió a él y le sirvió de intérprete y guía.
El largo periplo por todo el sur del actual Estado Unidos les llevó primero a atravesar Georgia, Alabama, las dos Carolinas y Tenesse. Las batallas fueron de gran dureza y, en varias ocasiones, estuvieron a punto de sucumbir. Especialmente sangrienta fue la librada contra la tribu Choctaw que defendieron su ciudad de Mauvila. Fue un combate terrible donde casi ningún español se libró de heridas y cerca de 50 y otros tantos caballos sucumbieron. La mortandad india fue terrible y la tribu, casi al completo, sucumbió.
Tras ello, la expedición, cada vez más mermada y hostilizada por guerrillas indígenas, volvió hacia el norte sufriendo un nuevo ataque masivo y nocturno de una nueva tribu hostil que le causó otras 40 bajas. El 8 de mayo de 1540 las tropas de Hernando de Soto llegaron a orillas del caudaloso Misisipi, siendo los primeros blancos en verlo, que tuvieron que cruzar lo que les costó un increíble esfuerzo hostigados de continuo por los flecheros. Finalmente, con todavía unos 400 hombres consiguió atravesarlo y siguió su periplo por tierras de Arkansas, Oklahoma y Tejas haciendo invernada aquel año de 1541 en la ribera del río Arkansas.
Al comienzo de la siguiente primavera intentaron seguir adelante, pero el intérprete Ortiz murió y la hostilidad india era cada vez mayor y sus guerreros cada vez mejores en el combate como demostraron en la batalla de Caddo Gap donde la suerte estuvo incierta y solo la habilidad y los caballos de Soto lograron volcarla de su lado. Tras ello, comenzó el retorno. La tropa emprendió el camino de regreso hacia el Misisipi a cuya orilla occidental llegó en mayo de 1542. Preso de las fiebres, Hernando de Soto fue a morir allí, a orillas del gran río por el descubierto, en el poblado de Guachoya el 21 de aquel mes.
Quedó como jefe de la expedición Luis de Moscoso de Alvarado, quien dio orden de enterrar su cuerpo envuelto en lonas y muy lastrado en lecho del propio río, para que los indígenas no supieran de su muerte pues lo consideraban inmortal. Cerca de 350 supervivientes, al mando de Moscoso, y tras llegar de nuevo a la costa, consiguieron regresar a bases castellanas en el golfo de México y llegar hasta la propia capital.

 

Prestigio

La leyenda de Hernando de Soto perduró entre los nativos. Es el conquistador español que goza de mayor prestigio y su memoria y estatuas son apreciadas y respetadas en EEUU sin que, hasta el momento, hayan sufrido ataques vandálicos, «no así en España, donde en Badajoz fue embadurnada con pintura roja. Otra leyenda cuenta también que el semental que cabalgaba, el único no castrado de la caballada, fue puesto en libertad junto con algunas yeguas. Sobrevivieron y se multiplicaron y el caballo de Soto fue el padre de todos los potros que pastaron libres después por las praderas al oeste del Misisipi. No hay documento alguno de su veracidad, pero es hermoso pensar que así fue.