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"Cuando te retiras de la élite hay un abismo"

H.J.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Esther San Miguel es una de esas mujeres y esta es (parte) de su historia

San Miguel, que en la imagen posa en el Gimnasio Grandmontagne, participó en las Olimpiadas de los años 2000 (Sidney), 2004 (Atenas) y Pekín (2008) y tiene un polideportivo a su nombre en Burgos. - Foto: Alberto Rodrigo

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado lunes 10 de mayo.

Los nudillos de Esther tienen malos recuerdos del tatami. Su espalda también. Y su cadera. Y sus rodillas. Todas estas partes de su cuerpo han sufrido las consecuencias de haber practicado durante casi tres lustros deporte de élite y, cuando le dan guerra, le recuerdan el sufrimiento y el sacrificio que conlleva. Pero para compensarlos, su cabeza guarda los buenos momentos, las medallas conseguidas en campeonatos de Europa y del Mundo y la participación en nada menos que tres Juegos Olímpicos.

Esther San Miguel Busto (Burgos, 5 de marzo de 1975) está por derecho propio en el Olimpo histórico del deporte femenino burgalés, por haber sido una yudoca de prestigio internacional (ha alcanzado el sexto dan, un grado superlativo de maestría), haber paseado el nombre de su ciudad por todo el mundo y por tener un polideportivo que se llama precisamente como ella, en reconocimiento a tantos méritos acumulados. Hoy, retirada de la competición pero todavía con la ‘droga’ de la actividad física, charla con este periódico a las puertas de la instalación municipal, satisfecha con el orgullo que le produce que todavía le reconozcan por la calle y hasta le pidan fotos, una década después de dejar el deporte profesional.

Hija de hosteleros, sus padres regentaron a lo largo de los años La Farola, el Avenida, el Centro Cultural de San Cristóbal, el Picnic y el Balfé. Y ella se pasó media infancia dentro de los bares, estudiando o echando una mano cuando se hizo mayor, y la otra media jugando en la calle en el exterior de los establecimientos.

Hizo la educación primaria en el desaparecido colegio Santa María Micaela, después fue al instituto a Comuneros y llegó a estudiar un módulo de peluquería en el María Madre. Pero nunca se llegó a plantear esto último como una salida profesional firme porque pronto el gusanillo del yudo le empezó a atraer por encima de todo lo demás.

Su primer recuerdo de un gimnasio data de cuando tenía cinco años. "Era una época en la que se hablaba de agresiones a las niñas, de las violaciones en los ascensores, y mis padres quisieron que mis hermanos y yo aprendiéramos a defendernos", explica.

Así que la llevaron a un gimnasio, sus ojos infantiles vieron a un grupo de pequeños "que estaba jugando" y decidió que aquello le gustaba. Muy pronto empezó a destacar. Había campeonatos mixtos y ella era la única chica capaz de ganar a los chicos, hasta que "con unos ocho años gané el campeonato de Los Pitufos. Probé lo que era subir a un pódium, recoger un trofeo en forma de copa, e incluso una periodista me hizo unas preguntas", recuerda.

Ella formaba parte del Gimnasio Escuela y poco a poco fue destacando en los entrenamientos y en las competiciones hasta que con 15 años participó en el Campeonato de España. En esos primeros combates en serio se empezó a dar cuenta de que era "una mala perdedora" e incluso su padre, cuando iba a verla, prefería que ella no supiera que estaba allí para que no se sintiera presionada.

"El competidor nace, no se hace. Eso se lleva innato, ese afán por superarse y esa motivación se tienen dentro o no se tiene. Y es importante gestionarlo, porque a veces puede volverse en tu contra por ser excesivo", reflexiona San Miguel.

el salto a la blume. A partir de Barcelona 92, el yudo femenino se convierte en deporte olímpico y empieza a ofrecer un mayor atractivo para las mujeres yudocas, pues podían acceder al programa de becas para deportistas. Recuerda ver aquellos Juegos desde El Picnic y pensar: "Yo quiero estar ahí". A punto estuvo la burgalesa de irse al centro de alto rendimiento de San Cugat para dar el salto competitivo que necesitaba su carrera, pero entonces Barcelona suponía para ella una ciudad lejana, no tenía contactos y finalmente prefirió esperarse un año. Animada por el burgalés Ramón Fernández, al curso siguiente (septiembre de 1995) logró entrar en la residencia Blume de Madrid y comenzó a entrenar en el Club Budokan.

Esther ya tenía dos bronces europeos júnior y había sido campeona de España sub-17 y júnior, pero en enero de 1996 se demuestra a sí misma y a todos los demás que es capaz de estar arriba en la élite, al conseguir el campeonato de España absoluto. Ahí despegó definitivamente.

El cénit de su carrera lo alcanzó con su participación en tres Olimpiadas: Sidney 2000, Atenas 2004 y Pekín 2008. En esta última estuvo a punto de tocar el cielo deportivo con una medalla, pero la perdió en la lucha por el bronce con un error en el último momento.

Un año después, en el Campeonato del Mundo, la cadera no le respondió en la semifinal cuando quiso atacar a su adversaria. Ya llevaba muchas lesiones a las espaldas y comenzó a sufrirlas con más frecuencia. "El deporte de alta competición no es sano. No lo es, porque supone poner el cuerpo al límite. Es como si coges un coche y le aprietas el pedal hasta que salga por debajo", explica. Esas mismas lesiones la siguen castigando, pero paradójicamente las cura con la misma medicina que le provoca los efectos secundarios: "Yo estoy condenada a hacer ejercicio de por vida. Mi cuerpo lo necesita, y voy al gimnasio para evitar tener que medicarme para el dolor".

A la vuelta de Pekín siguió lo que ella misma define como "un calvarios" de problemas físicos, pero aun así consiguió volver a ser campeona de Europa en 2009 y siguió intentándolo hasta su retirada definitiva en 2012. Un año antes el Ayuntamiento de Burgos le puso su nombre a un nuevo polideportivo, "un orgullo" para San Miguel, que como ya ocurrió con la atleta Purificación Santamarta y sus pistas de atletismo se convirtió en un símbolo del deporte local, y más concretamente del femenino.

Al abandonar la alta competición llegó un terrible momento de vacío. La resaca fue dura, confiesa. "Cuando te retiras del deporte de élite se abre un abismo ante ti y realmente no sabes ni para lo que sirves". Ella no tenía ninguna experiencia laboral continuada más allá de unas pocas prácticas de peluquería cuando estaba en la residencia Blume y se vio sola, con 35 años, recién acabada una relación sentimental de una década y regresada a Burgos tras haber vivido en Alicante. En ese momento volvió a ser muy importante el soporte de la familia, "la que siempre estaré muy agradecida por el apoyo incondicional durante toda mi carrera".

Con la ayuda del PROAD, un programa de ayuda a exdeportistas, intentó enfocarse en alguna profesión, echó currículums en las empresas de trabajo temporal e inició un curso de dirección y gestión de empresas. Y en ese momento la llamaron de una ETT, le descubrieron un perfil comercial que ni ella misma sabía que tenía y comenzó a trabajar en ese sector. Ahora es gestora de cuentas en Moncor (Grupo Inverbur), especializada en la externalización de servicios para empresas industriales.

¿Por qué no montó un gimnasio y se puso a dar clases de yudo, lo típico entre los deportistas que se retiran? La propia Esther reconoce no tener vocación de entrenadora de niños, pero recomienda absolutamente la práctica del yudo entre los más pequeños. "Aunque sea un deporte de contacto, no es violento", asegura. "Hay un control, unas normas, inculca una disciplina, favorece la coordinación, la lateralidad, el control del cuerpo en el espacio…"

Treinta años después de que ella empezase a practicarlo, el yudo burgalés tiene "instalaciones que han mejorado, como todo en este tiempo" pero se enfrenta a un momento complicado, como le ocurre en general a Castilla y León y a toda España en su deporte.

Cree San Miguel que la gran generación de yudocas que proporcionó una colección de medallas a España en los años 90 y los 2000 (Miriam Blasco, Isabel Fernández) provocó una especie de tapón respecto a los más jóvenes y que todavía estamos viviendo ese momento de bajón. "Cuando hay unos ciclos deportivos tan largos la gente que está arriba cierra el paso a los de atrás y puede que haya ocurrido eso", explica.

Ahora, aunque ya no compita y tenga el yudogui (uniforme) en el armario, sigue parcialmente enganchada a las competiciones gracias a su cargo de seleccionadora y entrenadora del equipo nacional, un cargo al que fue invitada por el que llama "maestro Lee" y que le permite hacer seguimiento de las nuevas hornadas de chavales e ir a las concentraciones, aunque como todo, esta pandemia ha paralizado estas actividades.

Tokio será raro. Precisamente en Tokio, Japón, cuna del yudo, se celebrarán este verano los Juegos Olímpicos, pero por culpa del coronavirus serán totalmente atípicos. "Hay que hacerlos, aunque vayamos con un año de retraso, por no dejar un ciclo olímpico en blanco, pero van a ser muy raros. Faltará mucha gente buena porque no hayan podido entrenar dependiendo de la situación sanitaria de sus países, o por motivos económicos. Al haberse suspendido algunas competiciones previas no habrá información suficiente sobre los rivales, no sabremos cómo llega cada uno de nivel y el equipo español no sabemos cómo responderá. La verdad, en esto me considero una afortunada por haber vivido las mejores etapas", reflexiona.

Más allá de esta labor como seleccionadora, también ha dado charlas en colegios, universidades o empresas sobre los valores del deporte y temas relacionados con la motivación. "Es algo que me gusta mucho", subraya. Continúa con su práctica deportiva individual y sigue a los equipos burgaleses punteros, pero apunta: "Yo soy más de hacer ejercicio que de verlo por tele". Eso sí, se felicita de los éxitos de equipos como el Hereda San Pablo, "que ha logrado generar un gran ambiente en el Coliseum y que permite que la gente se identifique más con su ciudad, y eso es importante en Burgos, porque quizás aquí no tenemos esa devoción por el equipo propio que sí se observa en otros sitios. Nos cuesta luchar por lo nuestro", asume.

Al contrario que otros deportistas de élite a los que les acabó tentando la política, asegura no haber recibido nunca una oferta de ningún partido político. Emplea su tiempo libre, al menos hasta que la pandemia nos cortó a todos las alas, en practicar sus hobbys de bailar salsa y ritmos latinos. "A mí me gusta hacer de todo, desde un curso de buceo hasta el Camino de Santiago, que hice en el tramo gallego y que quiero volver a repetir. Y hace poco he empezado a intentar tocar el piano", comenta entre risas.

Además, cuenta con orgullo que desde noviembre de 2018 forma parte del Club Rotario de Burgos y que tuvo como padrino a Fernando Dancausa. Está claro que San Miguel no para y que su energía, ahora fuera del tatami, seguirá canalizándose por otros medios.