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"África es primitiva, cruel, profundamente humana y sensual"

A.G.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Emilio Sastre es uno de esos hombres y esta es (parte) de su historia

África está presente todos los días en la vida de este neonatólogo ya jubilado que espera, si todo va como tiene previsto, volver a Camerún en el mes de noviembre. - Foto: Luis López Araico

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado lunes 24 de mayo.

Por sus manos han pasado centenares de recién nacidos que al llegar al mundo lo hicieron con muy bajo peso o con alguna patología grave o con alguna dificultad que ponía en riesgo su desarrollo, y gracias a esas manos y a la tecnología que él ayudó a traer a Burgos -que estaba literalmente en pañales a mediados de los 70, cuando este pediatra se incorporó al Hospital General Yagüe- la inmensa mayoría de esas criaturas salieron adelante y aún hoy las familias a las que tanto alivió y ayudó le reconocen por la calle y se lo agradecen. Emilio Sastre (Burgos, 1950), que durante años desempeñó su labor en el área de Neonatología del viejo hospital, se confiesa, paradójicamente, muy poco niñero, no es de los que hacen cucamonas a cualquier bebé que se le ponga delante. Es el caso del que no para de chillar de contento en una terraza junto a la mesa en la que tiene lugar esta entrevista, al que mira de reojo, y de otro, un poco más mayor, que palmotea sin parar sobre la mesa haciendo un ruido infernal: "Yo les digo a mis amigos que prefiero a los niños enfermos porque dan menos ruido", afirma sonriendo, irónico, por debajo del bigote: "A veces me dice una madre ‘pero mira, Emilio, qué mono está, ¿por qué no le dices nada?’ y le digo, ‘pues bueno, ya le veo que está sano, que está muy bien, pero es que a mí me gustan los niños cuando están enfermos’, que es cuando me llaman". Entonces... ¿Por qué quiso ser pediatra y se ha dedicado a ello en cuerpo y alma? "El niño me apasiona porque es el proyecto de un ser humano, los niños me encantan aunque no sea niñero ni meloso con ellos, me gusta observarles y pensar quién será la persona en la que se convertirán, qué futuro les espera...".

La decisión de elegir esta especialidad la tomó en un lugar muy singular. Durante todos los veranos mientras estudiaba Medicina en Valladolid viajaba a Londres a trabajar en lo que saliera en "la meca europea de la cultura y el encuentro, el crisol de ideas, música y libertad", y con el dinero que ganaba le daba no solo para conocer todo el país de punta a punta -"primero Londres, creo que lo conocí mejor que Madrid y aún lo sigo conociendo mejor porque he ido muchísimo"- sino para traer una parte para su familia. En Windsor se celebraba uno de aquellos festivales de rock de la época (era 1972) al que fue con una mochila y durmió al raso. Aquello estaba poblado de todo tipo de tribus: "Cada uno andaba vendiendo lo suyo: los nudistas, los anarquistas, los comunistas, los hippies, los Hare Krishna... y me llamaron la atención los niños que corrían felices, ingenuos, ángeles sin tacha, pensé que estaban ahí mediatizados por sus padres y que no le querían vender nada a nadie y me provocaron mucha ternura por su vulnerabilidad y fragilidad y dije, pues voy a hacer Pediatría, quizás fue algo irracional pero así lo hice".

Lo que sí tuvo enseguida muy claro, y no fue ningún arrebato, es que sería médico, a pesar de que su padre, gerente de la librería Santiago Rodríguez, no lo vio claro en el primer momento "creo -porque nunca lo hablé con él- que era por esa cosa tan de clase media de aquellos años de no poder aspirar a ser médico porque tenían ese estatus como de estar por encima de los demás". Y como siempre fue un niño y un joven dócil se matriculó en Ingeniería.

Hasta llegar ahí, Sastre había estudiado en los Maristas y antes, en el colegio de párvulos Santa Juana, que estaba en la calle San Juan. "Era de película, pero de película de miedo, porque aquellas monjas eran muy poco compasivas y hacían verdaderas putadas a los chavales. A mí no porque era buen estudiante, pero a los que no, les subían a un pupitre y les ponían orejas de burro y con esas mismas orejas les hacían desfilar por todo el colegio o les metían en el cuarto de los trastos... Eran horribles".

Recuerda una infancia feliz con muchos juegos en la calle y muchas letras. Salgari y Julio Verne son los primeros autores que le vienen a la cabeza cuando recuerda al niño que fue. También las aventuras de Huckleberry Finn: "Fui muy lector desde el principio, quizás por mi padre, pero también porque Burgos era un lugar muy aburrido como todas las ciudades pequeñas. A diario, el colegio, y los días de fiesta, por la mañana, de paseo con los padres y por la tarde, en casa. Mi padre se ponía a escuchar Carrusel Deportivo porque le gustaba el fútbol y yo, a leer". La trompa, las chapas y los barcos de papel que hacía flotar con alcanfor sobre los inmensos charcos que se hacían en una calle Molinillo aún sin asfaltar eran sus juegos favoritos: "Recuerdo también de muy pequeño ir con mi madre a la carnicería con la cartilla de racionamiento, porque yo estaba todo el tiempo con ella, no fui al colegio hasta los cinco años".

El paso por los Maristas no le dejó mal sabor de boca. Lo recuerda como bueno y positivo: "Era como todos esos colegios religiosos. No aprendí demasiado, lo básico, y cuando llegué a la universidad me di cuenta de las lagunas enormes que tenía en materias como Literatura o Historia en comparación con los compañeros que habían ido al instituto. Pero desde el punto de vista emocional fue una liberación ir allí después de lo que había visto con las monjas Es cierto que no eran pegones pero sí que sufrí algún tocamiento cuando tenía diez años. Al principio no dije nada pero luego se lo conté a un amigo y a él le había pasado lo mismo. Al año siguiente a ese cura le dio un ictus y pensamos que Dios le había castigado", sonríe.

En la adolescencia descubrió la música gracias a los primeros pasos que ya estaba dando la televisión y a Música y Deportes, donde se proveía de singles: Los Beatles, Los Kinks, Los Rolling Stones o Los Hollies le hicieron más llevadero aquel ambiente provinciano: "Íbamos en pandilla haciendo aquellos horribles paseos Espolón para arriba Espolón para abajo con muy poco contacto con las chicas. Todo aquel nacionalcatolicismo, esa burbuja fría y gris que era Burgos entonces, era una losa pesadísima, la panza de burra gris, la boina triste que cubría toda España. En ese momento no te das cuenta pero cuando sales de ahí es cuando lo ves y cuando conoces a gente de otros sitios la mente se te abre".

Tras la negativa paterna a matricularse en Medicina lo hace en Ingeniería. En vano. En el colegio mayor Santa Cruz, en el que se alojó en Valladolid, hojeaba los manuales de los compañeros que sí se habían empezado esa carrera que le encantaban "en vez de coger los míos de álgebra y de cálculo": "Yo siempre he sido muy impulsivo y un día al salir del examen de álgebra, que lo había suspendido, en vez de irme al colegio me fui a la carretera, hice autostop y me presenté en el trabajo de mi padre y le dije: Yo quiero ser médico. Y al final me matriculé por libre".

No se sustrajo al politizadísimo ambiente de la universidad de esa época aunque no militó en ninguna formación. Fue lo que se llamaba un ‘compañero de viaje’ escondiendo en su casa, cuando hizo falta, a activistas de los que se jugaban el pescuezo: "La universidad me trae a la memoria el contacto con mucha gente diferente a mí, el contacto con la política y con los comunistas. Venían a verte los compañeros más mayores de la carrera a ver por dónde andabas y según anduvieras te intentaban captar. Yo tuve mucha relación con ellos y me entendía con ellos, el comunismo me gustaba como una idea romántica social, el cambio definitivo, la ética, el paraíso en la tierra, lo imposible... pero enseguida vi que no había ninguna diferencia entre los comunistas y los curas, era todo rigidísimo, que si eras un revisionista, que si eras un pequeño burgués... O sea, dejas la religión y luego te metes en una historia igual".

Su amor por África -que años más tarde cristalizaría en la Fundación Mayo Rey- aparece en esos años. Conoció a Médicos sin Fronteras, que aún no estaba en España, a través de la revista Triunfo y se puso en contacto con ellos, también con la Organización Mundial de al Salud y con Unicef pero nada de aquello llegó a buen puerto. Y a pesar de que siempre quiso huir de Burgos -había pensado marcharse a Oviedo "donde había un servicio muy puntero" o a Madrid- se quedó aquí, a formarse en el Yagüe, porque se enamoró, confiesa con cara de adolescente azorado.

Ejerció la medicina rural en Sedano, donde le pilló la muerte de Franco, que celebró con los otros médicos de la zona: "Al día siguiente el sargento de la Guardia Civil nos dijo ‘¿Lo pasaron bien ayer los doctores, verdad? Pero la cosa no fue a más, por suerte". Luego fue el primer R-1 de Pediatría y reconoce que el servicio no estaba muy desarrollado. "Siempre que podía me iba a Cruces y allí aprendía lo que aquí no podía como técnicas de ventilación mecánica". Cuando acabó la residencia comenzó a trabajar en el centro de salud de Gamonal "donde empezaba a las nueve de la mañana y acababa a las nueve de la noche, así estuve año y medio, no me morí de milagro" Se presentó a una plaza en el Yagüe, que obtuvo, y enseguida el entonces jefe, Jesús Sánchez, "que me quería mucho", le pidió que se ocupara de la incipiente neonatología. "Al principio no me gustó nada. Se nos morían todos los niños porque no se sabía nada, no había ventilación mecánica, y los prematuros cuando nacen lo primero que les pasa es que se ahogan y si no les ventilas se mueren. Era una cosa horrible. Luego me apasionó y me ha encantado ser testigo de su evolución". Junto con su colega Bruno Alonso, con quien siempre echó muchísimas más horas de las que indicaban sus contratos y con quien apostó por la atención temprana que necesitaban ‘sus’ niños, comenzó a formarse, a estudiar, a buscar libros y revistas, a acudir a todos los congresos que había y a pelear porque el servicio se tecnologizase. Lo consiguieron -a principios de los 80 comienza a remontar la supervivencia- y por ello salvaron muchas vidas. La que más en el límite estuvo fue una niña de 300 gramos que Sastre aún la tiene en el recuerdo. Salió adelante, y a pesar de estos éxitos nunca dejaron de llegar criaturas con mucho riesgo, por lo que fueron infinitas las entrevistas que tuvo con madres recién paridas de un bebé en peligro. "¿Que como hablábamos con ellas? Pues no sé, con lo que hoy llaman empatía, solidaridad creo que decíamos entonces, poniéndote en el lugar del otro, que es algo que siempre he hecho".

Idéntico sentimiento es el que le ha movido en su idilio con África. Comenzó yendo solo y allí encontró su lugar en el mundo. En concreto, en el principado Rey Bouba, al norte de Camerún, donde con la ayuda del Ayuntamiento, de alguna entidad financiera y de muchos burgaleses levantó un hospital que aún perdura. "Para mí, África no es mística, ya sé que a mucha gente le pasa eso cuando llega, pero a mí eso no me gusta y me trae reminiscencias del ‘pobre negrito’, del Domund y de las iglesias. África es profundamente humana, cruel, dura, un laberinto de colores y culturas y muy, muy sensual, una maravilla para trabajar, ayudar y a la vez disfrutar".

No solo a Rey Bouba ha llevado un montón de alivio a todo tipo de enfermedades -allí mortales, aquí banales- sino que siempre que ha podido se ha traído a niños a quien una intervención quirúrgica podría librarles de un futuro un poco menos amargo del que, en general, tienen allí la mayoría de las personas. En esa lista están el pequeño Christian, que aún sigue aquí porque su vuelta se pospuso por la crisis de la covid, Grace, Milagrosa, Christ Emmanuel, Netouchi... y, sobre todo, Rachida, que vino a curarse de una leucemia y cuando parecía que la cosa iba bien, todo se torció, murió y su madre quiso que la enterraran en Burgos. Sastre no la olvida y aún, de vez en cuando, mira su foto, que lleva guardada en el móvil.