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«Voy creando mi propio estilo en las pequeñas piezas»

INMA PASCUAL
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Retratos del Burgos olvidado (XXVIII) | Israel Yáñez Ortega es un chico de pueblo amante de la naturaleza, que ha decidido mancharse las manos de barro, seguir los pasos de su padre y vivir en Territorio Artlanza

Israel Yáñez Ortega, ceramista, bloguero y coautor de dos libros de naturaleza. - Foto: Valdivielso

Se recuerda de niño con las manos y la cara manchadas de barro y lanzando la caña al río con su abuelo Santiago. Son las dos imágenes que Israel Yáñez Ortega retiene en un memoria y sobre las que ha ido forjando sus aficiones y su vida. Tierra y agua. Naturaleza, en definitiva, en estado puro; esa naturaleza que ha eternizado en cientos de fotos compartidas en su blog medioambiental, y que más tarde, de la mano de su tío, el epidemiólogo José Luis Yáñez, plasmó en dos libros, el primero, Bestiario del Arlanza, y Herbario del Arlanza, el último. «La idea de publicar los libros surgió de él, con mucha más experiencia que yo en estos temas literarios y divulgativos, porque ya ha escrito más libros», reconoce este joven que a sus 31 años ha encontrado su lugar, que no es otro que el que ha sido siempre, un pueblo dentro de otro pueblo, Territorio Artlanza y Quintanilla del Agua, de donde no ha salido nunca, excepto los años que estudió en Palencia. «Solo dejé de venir en 3 años un fin de semana, y porque nevó», recuerda. 

Israel ha crecido correteando por el pueblo, jugando con sus hermanos y amigos y escapándose con la bici por el campo, y cuando llegaba a casa, viendo a su padre modelar a esos ancianos de rostros ajados, y a esos niños de pueblo, como él, las figuras características de Félix Yáñez, y más tarde, a éste cogiendo la paleta y comenzando, cual arquitecto y peón del siglo XII, a levantar un pueblo medieval que después de 13 años se ha convertido en la escultura más grande del mundo, visitada anualmente por miles de turistas. 

Imposible desligar la historia vital de Israel de Territorio Artlanza, porque no solo es su casa, sino que se ha convertido ya en su lugar de trabajo, porque hace ya unos cuantos años que este joven decidió seguir el camino de su padre y se dio de alta como ceramista, y eso que estudió Magisterio como su madre, aunque él, que no tenía nada claro cuando acabó el Bachillerato, se decidió por Educación Física porque le apasiona el deporte, correr y la bicicleta, con la que es frecuente verle por el campo, con la cámara colgada al cuello esperando ver levantar el vuelo a cualquier ave, apostado junto al río para observar algún animalillo o esperando ver brotar de la tierra cualquier planta. La fauna y flora de la comarca no tienen secretos para él desde bien niño. «Viviendo en un pueblo siempre tienes contacto con la naturaleza y a través de mi tío y de mi abuelo empecé a interesarme por los animales, aves y peces fundamentalmente; luego me regalaron una cámara por mi cumpleaños y empecé a fotografiar todo lo que veía y después surgió la necesidad de compartirlo con más gente de ese mundillo a través de internet», dice, aunque reconoce que ahora, dedicado a la cerámica, tiene menos tiempo para esas incursiones en la naturaleza.

El crecimiento de Territorio Artlanza ha sido tan grande, generó tantas expectativas que, finalmente es de lo que vive el matrimonio Yáñez, Israel y buena parte de la familia. Al acabar Educación Física, Israel completó los estudios con inglés y religión con la intención de dar clases en algún colegio, pero con pocas ganas de preparar oposiciones, reconoce, y así, casi por inercia, se fue fundiendo con ese barro, con esa tierra con la que su padre iba levantando casas, reconstruyendo viejas escuelas, la botica, la zapatería, la plaza de pueblo y hasta teatros porque hasta dos hay en Territorio Artlanza, el Felipe Segundo, nombres de los padres de Félix, y El Duende de Lerma, en homenaje a Luis Orcajo, amigo de la familia. De darle a elegir un rincón de este peculiar pueblo, Israel se queda, precisamente con el teatro, quizás porque sobre sus tablas se forjan historias humanas y se hacen realidad muchos sueños.

Y ahí, a escasos metros del escenario, Israel se mete cada mañana a trabajar en su oficio de ceramista. «Ya había hecho cosillas, figuras, fachadas..., pero cuando vi la dimensión que cogía esto, decidí apostar, ayudar a mi padre y ponerme a hacer piezas enfocadas a la venta para los visitantes, que cada vez crecían más y demandaban estos recuerdos», explica Israel. Sus piezas, junto a las de su padre pueblan las estanterías y vitrinas de la tienda de regalos, esa en la que entran los turistas para comprar un detalle después de perderse por el poblado medieval.

Nada que ver lo que modela con sus manos el joven con las obras paternas. Israel trabaja piezas pequeñas, esas que adquieren los turistas por poco dinero, pero que ya van llevando su sello: botas, carteras escolares, pequeños búhos, bandejas, escudos, sacos, portavelas, imanes... las piezas más grandes que hace Israel son las casas con la arquitectura típicas de Covarrubias, que también están a la venta. «La gente sí se lleva alguna pieza, les gusta tener algo que les recuerde que pasaron por aquí», dice. 

Además, el joven tiene otros cometidos, se encarga del mantenimiento del pueblo medieval, de sus casas, fachadas, calles y plazas que, como en un pueblo de verdad se van deteriorando; él lo va arreglando para conservarlo en buen estado. También lleva la parte del taller de cerámica que se imparte a los niños de los colegios que visitan Territorio Artlanza. La pandemia paralizó esta actividad, pero todos esperan que el nuevo curso pueda regresar. «Los talleres están divididos en dos parte, lo que es la cerámica y la visita al poblado, haciendo fichas sobre costumbres y tradiciones, y si el grupo es grande hacemos taller de juegos populares». Su madre es la encargada de trabajar las fichas.

Israel se responsabiliza, además, de la parte técnica y tecnológica en la promoción del poblado y, junto a su hermana, hace los vídeos que los visitantes ven antes de comenzar la visita, y de gestionar las redes sociales. Tampoco el joven le hace ascos a echar una mano en la huerta y otras labores que sea necesarias para mantener atractivo el peculiar pueblo. Sí echa de menos hacer más deporte, pero procura sacar tiempo por las tardes, coger la bicicleta y perderse por esos paraje de Quintanilla y la comarca, que conoce como la palma de la mano.