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"Siento que sólo soy el hueco donde está lo que me falta"

R.P.B.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Jesús Barriuso es uno de esos hombres y esta es (parte) de su historia

Jesús, en una de las estancias de su luminosa casa. - Foto: Patricia

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado lunes 17 de mayo.

Ha sido un trotamundos, aunque desde hace algunos años lleva una vida retirada, casi de ermitaño, en una luminosa casa de un pueblo del alfoz del que no tenía noticias hasta que alguien le puso tras la pista. La tarde se contradice a cada rato: al chaparrón le sigue un sol beatífico antes de que el granizo, al cabo, se abata sobre los campos que se ven desde la ventana, ese trigo verde y orgulloso que va buscando el cielo o esa colza que pinta de un hipnótico amarillo la vasta paleta del horizonte. Es una lástima que un problema de salud le tenga quebrada hoy la voz: la de Jesús Barriuso (Burgos, 1949) es hermosa, tonante, magnética; y tan profunda como su memoria, pozo insondable que va soñando nostalgias, evocando heridas, dibujando a su pesar el perfil de un hombre fieramente humano. Es Jesús Barriuso un poema tejido con tanta ternura que constituye un imposible leer entre líneas escepticismos y penas, cinismos y otros quebrantos. En la sala hay libros, café, whisky. Suena la música. De él han dicho que el exilio es su patria más segura. Sentado al borde de sí mismo, este León Camino de la vida, este poeta mayúsculo e infinito conversador, este rebelde con causa, corazón desparramado y grito en la noche del alma oscura, observa la vida con la mansedumbre de quien se ha mirado hacia dentro las veces necesarias para por fin reconocerse.

Hijo de Felipe y Aurora, hermano de Tino y de Tina, de Cristi y Pipo, de Jorge y Marta. Estirpe de los Barriuso. Restaurante Miraflores. Asegura que, para conocerle bien, hay que saber que pronto -quizás demasiado- aprendió a perder; o a quedar siempre segundo; o a perder por ser segundo: fue a él a quien quitaron una beca los del Patronato de Igualdad de Oportunidades pese a tener una media de ocho y medio; no fue él a quien enviaron a estudiar fuera. Infancia de años duros, de padres trabajando hasta la extenuación. Bodas, banquetes, comuniones. Y ese niño Jesús que era especial, que no encontraba su lugar en el mundo. "Soy el cobarde más gallardo que hayas visto jamás. Todo me daba miedo, terror. Y por ello a todo me enfrentaba. En las fiestas de San Pedro, no había un chulo más chulo y más macarra detrás de la barra. Y si había que salir, salía. La única razón era porque, si se escapaba una hostia, me la dieran a mí, no a mi padre".

La figura del padre, un tótem. "Mi padre, al que he intentado siempre emular, era un increíble y magnífico perdedor. No hubiera llegado a nada sin mamá cercana. Tenía un corazón de oro y un par de huevos. Se tiraba, después de trabajar, dos o tres horas leyendo en la cama el Reader’s Digest para poder competir con los estúpidos de sus hijos [todos ellos cráneos privilegiados]. Y mamá... Mi relación con ella era increíble. Todavía lo es, aunque ya no esté aquí. Hablo mucho con ella".

Confiesa que era un chaval que perdía los nervios a las primeras de cambio -"una mala hostia del copón y muchísima fuerza; un histérico"- y no entendía por qué. Era, por otro lado, un muchacho hipersensible, lector voraz e impenitente, poeta desde la cuna, acumulador de ingentes conocimientos. De todo. Hasta que llegó a su vida, para cambiarla, un amigo de Antonio L. Bouza, médico psiquiatra, que se llamaba Manolo Sánchez Dueñas, y que tras varias pruebas puso nombre a todo aquello. Era un ‘pequeño mal’. "De no haber sabido lo que era, no hubiera podido con ello. Al saberlo, pude. Aquello me salvó la vida".

Estudió Derecho, Dirección de Empresas y Psicología en lo que se estudia una sola carrera. Fue el alma máter de la tertulia Artesa, germen de la revista homónima, cuyos primeros números dirigió antes de que Antonio L. Bouza la llevara por otros derroteros. Echaba una mano en el bar-restaurante familiar. Leía, escribía, se enamoraba. Entre medias, la ‘Mili’, que hizo en Burgos. En ello estaba cuando se celebró en el Gobierno Militar el famoso proceso en el que se condenó a muerte a seis integrantes de ETA. Fue Jesús Barriuso un recluta de lo más temerario: se la jugó ayudando a sacar de matute la grabación (que daría la vuelta al mundo) en la que se escuchaba a los encausados cantar desde el banquillo el ‘Eusko Gudariak’. "Me la jugué, sí. Como me la he jugado siempre en la vida", apunta.

Apostó fuerte, sin duda. Como en aquellas timbas de póker en las que se sacaba un buen dinero -para él y para casa- desplumando a niños bien en el Salón de Recreo. Un talento con los naipes, Jesús. Y mucha suerte. "Me sacaba en verano como para vivir todo el año, aunque no ganara siempre". No todo eran las cartas: también desarrolló, como su hermano Tino, una inmensa destreza al billar. Quién sabe si esto explica que, años después, firmara una estupenda novela negra titulada Billar a tres bandas. También fundó, con Virgilio Mazuela, el Ateneo Popular ‘Los Otros’. Y con Virgilio anduvo en movimientos autogestionarios.

Deslumbrado por la poesía, de César Vallejo a Mayakovski, fue León Felipe quién más le influyó. "Puedo recitar entero la Antología Rota o El hacha. Pero ¿qué están hablando esos poetas de ahí de la palabra?/ Siempre en discusiones de modisto:/ que si desceñida o apretada.../ que si la túnica o que si la casaca.../ La palabra es un ladrillo, ¿Me oísteis?... ¿Me ha oído usted, Señor Arcipreste?/ Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre... y la Torre/ tiene que ser alta... alta, alta.../ hasta que no pueda ser más alta./ Hasta que llegue a la última cornisa/ de la última ventana/ del último sol/ y no pueda ser más alta./ Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,/ el último ladrillo… la última palabra,/ Para tirárselo a Dios,/ con la fuerza de la blasfemia o de la plegaria.../ Y romperle la frente... a ver si dentro de su cráneo/ está la Luz o está la Nada". Se hace el silencio tras la declamación. Afuera se oye cantar los pájaros. Se han humedecido los ojos de Jesús, que también recuerda perfectamente el primer poema que escribió y con el que intentó seducir a una muchacha (este no lo reproduciremos para que nadie se lo apropie: consiguió su objetivo y aprendió que "jamás, para ser feliz haciendo el amor, se puede llegar al orgasmo antes que ella". Y aquí irrumpe el amor, que tanto ha movido y removido su alma, la única enfermedad de la que no vale la pena curarse pero, ¡ay!, la que le destroza la vida. "El amor es sentirte reflejado en otros ojos".

Tras la separación de su primer gran amor, se largó a Ibiza. Tres meses de desenfreno. "Éramos todos guapos, jóvenes, creíamos en la libertad absoluta". Si sentar la cabeza es aprobar unas oposiciones, esto es lo que terminaría haciendo avanzada la veintena, convirtiéndose en técnico del Instituo Nacional de Previsión y siendo uno de los que diseñaron el nuevo sistema de gestión que en adelante formarían cinco organismos: el Instituto Nacional de la Salud (Insalud), prestaciones médicas; el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS); el Instituto Nacional de Servicios Sociales (Inserso); el Instituto Social de la Marina (ISM); y la Tesorería General de la Seguridad Social. "Aquella división la hicimos posible aquellos técnicos".

Ostentó cargos relevantes al frente del Insalud en diversos territorios: Madrid, Baleares, Navarra, Extremadura, Galicia, Valencia, Cantabria, Asturias... "He tenido veinte casas", zanja respecto de su vida nómada, que por muy poco no le llevó al otro lado del Atlántico: en un momento determinado, a través de su amigo el también poeta Félix Grande, pudo haberse ido como agregado cultural a Costa Rica. Finalmente se quedó en España. Miles de anécdotas acumuló en su periplo. En Pamplona, como director del Insalud, tuvo sus más y sus menos con el delegado del Gobierno, un tal Luis Roldán, que luego sería infausto director general de la Guardia Civil; también por aquel entonces le amenazó la ETA. Temió por su vida, claro.

Siempre la literatura. Siempre compaginó su trabajo con lo que más le ha gustado siempre: escribir. Y se sucedieron los libros de poesía como Pecios, Libro de Horas y esa joya impagable que es Sentado al borde de mí mismo, más otro buen puñado de inéditos que aguardan en cajones para ver la luz. Y novelas: Billar a tres bandas y Siempre serás un membrillo. Sin olvidar el imprescindible ensayo que firmó junto con Fernando García Romero y Miguel Ángel Palacios Garoz: Antonio José: músico de Castilla. Pero siempre se ha sentido Jesús Barriuso poeta. Y talibán de la poesía. "Hay cientos de poetas con cientos de libros, con calles, plazas, colegios a sus nombres a los que jamás visitó la Poesía con mayúsculas; que no hacían poemas, sino poesías acudiendo al subterfugio de la rima. Siempre he aspirado a que alguna vez la poesía haya escrito un poema a través de mí. Aunque no hay nada mejor que el silencio. Eso lo he tenido claro siempre. Me considero un metafísico. El verso es previo a la música. Tiene razón la Biblia: en el principio fue el Verbo. Esa es la puta verdad. Por descontado luego es la música. Yo siempre he intentado llegar al hombre que tengo enfrente", sostiene Barriuso.

Amargo regreso. Tras pasar media vida fuera, regresó a Burgos. Y sintió, como una puñalada, una enorme decepción. "Yo siempre me he dado a los demás. Y esperaba que Burgos me recibiera. No que me hicieran nada especial, pero sí que me integrara. Me dolió mucho que no fuera así. Rompió mi vida. Quizás esta fuera una ciudad demasiado pequeña para dos Barriuso... He sido profunda, terriblemente querido. Por muchísima gente. No solamente por personas que me han rodeado en mi vida, por mis cinco mujeres, por mis padres, mis hermanos, mis amigos... Pero también he sido muy malquerido, porque hubiera necesitado más".

Dos sobrinos que le adoran y a los que adora están empujándole a sacar del cajón todas las obras inéditas que Jesús ha escrito en su solitario retiro. Sigue esperando a que la vida le asombre. Gozar y sufrir sin que nada le sea ajeno. Su de un tiempo a esta parte más delicada salud ha sido una añagaza para recrearse en el silencio. "He estado vivo mientras he vivido. Y me ha gustado vivir como un millonario. Y siempre al día. Jamás he ahorrado, y he ayudado a otros. Me ha tocado, en esta vida, hacer constantemente cosas. No he tenido tiempo para mí. Y he peleado duro. Siempre. Prometí a mi madre que la ganaría. Y murió con 94 años". Es terriblemente duro Jesús Barriuso consigo mismo. Dice que, al echar la vista atrás, ve "un fracaso de hombre". Es más lírico aún cuando, como resumen de tan espléndido fracaso, recita ese poema breve, ese aforismo que es una cima de su literatura: "Sigo sintiendo lo mismo: Tan sólo soy el hueco donde está lo que me falta". No se absuelve Jesús, y sin embargo, sigue ahí, plantado en una esquina, para ejemplo de la gente...